El parto desde el punto de vista de un padre

viernes, 5 de agosto de 2016

Mi segunda aportación al blog de burbujita. El parto y los primeros días.
Desde esta entrada voy a intentar aportar desde el punto de vista del padre la experiencia del nacimiento de mi hijo.

La mañana

Todos los que hemos pasado por esa experiencia o aquellos que se han puesto en ese lugar nos imaginamos la película desde el momento en el que nos damos cuenta de que tenemos que ir al hospital.

El día que todo sucedió comenzó como uno normal, levantarse para saludar a los dos perros que esperaban tumbados frente a la puerta su sesión de juegos, arañazos y salida fugaz para aliviar sus necesidades. Rutina mañanera de ducha, desayuno y una rápida despedida. Salí dispuesto a enfrentarme a un día más de trabajo pendiente de una llamada que no tardó mucho en llegar. “Pablo creo que he roto aguas” . Esas palabras consiguieron que el viernes se convirtiera en un día más entretenido.

Lo teníamos todo ya preparado, la bolsa del hospital, cargadores de móviles, ropita para el niño y lo más importante, la madre que sabía que ya todo era inminente. A punto de salir de casa surgió un pequeño problema, el libro de familia, ¡vaya! Con los nueve meses que hemos tenido para buscarlo y ahora es cuando nos tenemos que acordar de que esta deslocalizado. Un poco más de agua en el cacharro de los perros, una caricia y un ¡chicos que vendremos siendo uno más!

Saqué el coche del garaje con una toalla puesta estratégicamente bajo su culete para no manchar y rumbo al hospital. El coche era digno de ver, aquello no dejaba de salir y pensaba que se deshidrataba Irene. Con cada contracción salía más y más. Una premisa clara, no hay prisa, lo importante es llegar bien y no correr riesgos innecesarios y para respetar la velocidad no hay nada como el control de crucero que evitó que el pie derecho se hundiera hasta el mismo fondo.

En el hospital

Llegamos al hospital y todo era atención preferente, la recogieron y se la llevaron a monitores donde estuvo casi una hora ella sola mientras los demás esperábamos saber de ella.

Estábamos esperando en la sala de espera cuando dijeron su nombre y quien iba a estar con ella. Solo podía ser una persona así que como no, fui el afortunado. Cuando llegué, la vi tumbada en una cama con los cables conectados a su barriga, sabiendo que ese milagro que ha estado conectado a ella nueve meses, pronto estaría a mi lado. Saqué la cámara de fotos  y me dispuse a inmortalizar esos momentos. Ella siempre resignada ante mi manía de fotografiarla pero con el tiempo me lo agradeció.

Como ya sabéis, tras la oxitocina llegó un tacto para ver cómo estaba la situación. La cosa no estuvo clara y el ginecólogo dijo que tenía que ser cesárea.  Sabíamos que era una posibilidad y que lo que estaba en juego era ni más ni menos que la salud de ambos y yo sin pensarlo (ni ser realmente quien debe decidirlo) dije que cesarea entonces. Hora programada 12:15, noticia comunicada a la familia que esperaba afuera y nos quedamos esperando a que llegara el momento. Para amenizar la espera y descargar la tensión del momento, jugábamos a ver a que porcentaje llegaban las contracciones, llegando al 87%.

El miedo

El miedo nos mantiene vivos, hace que nuestro cuerpo se prepare para lo que pueda suceder.

En este caso el miedo es el frío, el sentirse solo viendo como lo que más ilusión te ha hecho en la vida se aleja de ti y se dirige a un quirófano dejando atrás a un marido que solo espera convertirse en padre. Allí estaba, quedándome solo al lado de una cama vacía y sacando una foto que aunque no la vea la tengo grabada a fuego en mi mente.

El pulso se acelera, lo notaba en las piernas que parecían dispuestas a salir corriendo y rescatarla ante la mínima señal de que hubiera algo mal y lo único que hacía era refugiarme y oir a lo lejos palabras sueltas en el quirófano. Una sola palabra , forceps y se encogió mi corazón sumido en la soledad. Sólo quería que el tiempo pasara y ver que todo había salido bien. Poco después, veo pasar a una enfermera con una cosita morada agarrada que colgaba cabeza abajo. Un gesto de la enfermera y me abalancé sobre ella con una cámara en una mano y en la otra el móvil.

Está bien me dijo y con su llanto empecé a fotografiarlo para poder comunicar a todos que ya estaba aquí.

Su tristeza, mi felicidad

Lo que una madre quiere cuando da a luz es tener a su hijo en su pecho y poder disfrutar de la sensación tras haber estado dentro de ella nueve meses. En el caso de la cesárea, como operación que es, no permite que él se quede con ella mientras los médicos terminan el proceso y ahí es donde entra la figura del padre feliz.

Muchas veces habíamos hablado del momento en el que ella sintiera ese pequeño ser sobre ella y por circunstancias de la vida, se lo iba a robar yo. Con el torso desnudo y más miedo que otra cosa, la enfermera me puso a MI HIJO (que gran sensación poder decirlo) sobre mi pecho y al notar su cuerpo no pude decir otra cosa que no fuese “hola Adrián soy tu padre y mi propósito en la vida es hacerte feliz”, para después poner una canción y disfrutar del momento a su lado.

Nuestro tiempo

Una cosa que no hice bien y me di cuenta al hacerlo, fue mandar la noticia de forma inmediata, siendo bombardeado por mensajes de enhorabuena y felicidad de la familia. Quitando ese momento y hasta que la madre hizo aparición en la camilla, pudimos padre e hijo disfrutar de nuestro primer momento a solas.

Ahí apareció la chica de mis sueños, con cara de amor por tener ya en el mundo a nuestro hijo y durante un minuto pudo tenerlo en sus brazos (también aproveché para robarle unas fotos a los dos), mientras a ella se la llevaban contra su voluntad a esperar a que se pasara el efecto de la anestesia. Nos llevaron a nosotros dos a la habitación donde estaríamos unos días.

En la habitación me volvieron a dejar a Adrián sobre el pecho y esperamos a que llegara la madre.

Su llegada

Por muy a gusto que yo estuviera pudiendo disfrutar de forma egoísta de mi hijo, los dos sabíamos que lo que necesitábamos era que llegara su madre. Yo necesitaba darle las gracias por todo lo que tuvo que pasar y demostrar el amor que siento. El pequeño tenia unos deseos un poco más.... normales. Ver a esa cosita atacando mi pezón era cuanto menos divertido. Cómo explicarle que esa lentejita rodeada de pelo no era un jersey de su madre sino su padre y que hay no había nada que comer.

¡Por fin llegó! Todos estábamos felices de tenerla a nuestro lado, aunque tenía bastante dolor. La cambiaron de cama y comenzó la aventura de la lactancia.

Ahora por fin estábamos los tres, una familia cansada pero muy feliz, dispuestos a disfrutar de esta gran aventura que acababa de empezar, la vida, y con un bebe que ya entonces era guapo no, precioso.



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